Abril 1990/Julio 2004
Y despierto y descubro que estás mudo. Y no me entristezco, ni me asombro; ni siquiera enloquezco.
Excitada, sintiendo la adrenalina en mis venas, salto de la cama, abro las cortinas y coqueta (sí, muy coqueta) te sonrío. Estás paralizado. Y mudo.
Me visto y salgo a comprar sedas, encajes, satines, blondas y rasos: negros, blancos, rojos, verdes. Terminadas mis compras, decido hacer hora en un cine, porque en realidad quiero volver cuando ya haya anochecido; quiero que todo sea perfecto.
Ya de vuelta te descubro casi igual que en la mañana: aún en cama. Y mudo. Lanzo una carcajada. Tus ojos, secundados por tus profundas ojeras, me siguen. Sé que estás pensando si no será todo un mal sueño, producto de una nueva noche trasnochada. Y entonces te respondo: sí, es mi sueño.
Me encierro en el baño buscando inmortalidad: quiero verme hermosa como Ingrid Bergmann, seductora como Marilyn y enigmática como la Garbo. Ser todas, menos yo. Y grito: ¡muera la franela, viva el encaje!
Cuando salgo del baño, todo está muy oscuro. Y así, agazapada en esta clandestinidad opaca, me atrevo y te digo: te deseo, quiero ser tuya; tómame. Me siento pecadora y grosera. Por dentro, creo que voy a estallar; mi piel me quema. El silencio me abruma y enciendo la luz. Cierro los ojos: todo es tan oscuro y de repente hay tanta, tanta luz.
- Buenos días, señorita. Abrí las cortinas para que entre el sol. ¿Cómo amaneció?
- Bien, bien.
- Don Vicente llamó temprano, dijo que anoche no pudo avisar que no vendría.
- Claro, estaba mudo- respondo. Me tapo con las sábanas y me río.
- Claro, si dijo que estaba un poco afónico. Hoy van a terminar el ensayo temprano para cuidarse la garganta. Dijo que iba a pasar…
- Temprano. Cierre las cortinas por favor.
- Pero si ya casi es mediodía.
- Voy a seguir durmiendo y voy a esperar a que Vicente llegue…
- Temprano- completa la mujer, pero para mis adentros pienso: a esperar a que Vicente de verdad se quede mudo.
Entre sonrisas y algunas lágrimas me vuelvo a dormir mientras recuerdo entre brumas los brazos abrigadores de alguien (que no sé quién es) envolverme con un cariño especial.
Lo primero que le dije a Vicente cuando nos conocimos, fue: somos del mismo planeta. Y él, sin un asomo de pudor, me respondió:
- ¿Planeta? Eres ingeniosa, hasta el momento lo más grande que me habían dicho era estrella.
Era de noche, estábamos junto a un río. Como todo parecía más bien misterioso e impenetrable, agradecí la complicidad de la fogata. En ese momento lo más inquietante fueron tus ojeras, tan negras y profundas. Estaban estampadas bajo tus ojos claros y comportándome como cualquier mujer me dejé atrapar, quedando empantanada en esos insondables surcos.
Mientras recién iniciábamos la charla, yo sentía que me llegaban demasiados estímulos: tu voz se arremolinaba y despacio se deslizaba por los pabellones de mis oídos; tu mirada, que al mismo tiempo parecía seria y burlona y trágica y desafiante se me impregnaba en la sangre; tus manos, más bien pequeñas, me enternecían por lo corto de los dedos y las uñas comidas; tu sonrisa era engañosa porque no presagiaba el futuro y, por el contrario, me hacía sentir bien, en especial cuando estirabas el brazo alcanzándome un vaso plástico con un licor fuerte; y como marco, tu pelo rebelde color miel era lacio y tranquilo y altanero a la vez. Como tú.
Tanto como me inquietaban tus ojeras, me sobresaltaba tu cuerpo: musculoso, aunque no atlético; fuerte y también débil, pero más que nada, yo lo intuía acogedor.
Rápidamente me acostumbré al ritual de tu cigarrillo: acompasadamente, detrás del humo, aparecían esas dos sombras opacas y tus dientes blancos, cobijados entre tus labios rojos, delgados y partidos. Eso me sorprendió aunque después pensé que esas pequeñas grietas de tu boca armonizaban con tus manos ásperas, las cuales yo rozaba cada vez que me rellenabas el vaso.
Te veía hablar mientras yo me entretenía recorriendo tus ojos almendrados de niño travieso y terminaba en tu mentón altivo. Este recorrido, casi ingenuo y pueril, me hacía vibrar. No me cansaba de repasar tus facciones de líneas tercas y definidas. Tu nariz era ajustada, casi perfecta.
Así fue como esa primera noche, después de comer, de conversar, de inspeccionarnos y de ignorar al mundo y sus habitantes, nos fuimos a dormir. Juntos.
- ¿Cómo te llamas?- preguntaste mientras cerrabas la carpa.
- Adriana- contesté, hundida y tapada hasta la nariz con el saco de dormir. Pasó un rato.
- ¿No me vas a preguntar mi nombre?- dijiste de repente. Nos reímos y me sentí algo estúpida.
- Bueno, ¿y tú por qué tienes que esperar a que te lo pregunte para decirlo?- inquirí, jugando a ser ingeniosa. Volvimos a reír. Con movimientos precisos, camuflado en la noche, te acercaste sonriendo. Y de pronto, sumergida totalmente en la oscuridad de tus ojeras, pude sentir todo el peso de tu cuerpo: sangre, huesos, pelos, vísceras, latidos, olores, piel y tu barba. Era todo el peso de tu anatomía desquiciante y era también todo el misterio de tu alma críptica. Perderse en tus ojeras fue fácil.
Al amanecer no quería abrir mis ojos. ¡Maldita realidad del día! Al despegar mis párpados descubrí que tú aún dormías. Apacible. E igual a como había hecho durante la noche, volví a recorrerte: estabas denudo, sobre tu saco de dormir. Todo tu cuerpo parecía un grito lleno de pura vida. Te observé respirar.
Y te amé. En ese momento te amé profundamente.
Te despertaste y yo nerviosa, susurré ronca, muy ronca: ¿y entonces, cómo te llamas?
- Vicente, me dicen Vicho- contestaste frío aunque sensual, al tiempo que te incorporabas y te ponías el pantalón para salir de la carpa. Estaba claro: eras un hombre de ojeras profundas.
Cierro los ojos; me doy vuelta y me siento adolorida.
Desde ese momento y rebelde como siempre, me entregué a nuestro amor con los ojos y la mente cerrada. Vicho es un hombre-actor o un actor-hombre, (no sé qué es primero), que va por la vida como un bohemio y despreocupado errante. Disfrazar, esconder, inventar, todo es parte de su profesión. Vida de héroe múltiple, en que todo se da junto: la magia y el sufrimiento. Y está y no está y, a veces, también está. Es un hombre casado. Pero no conmigo.
Como es lógico, pasé por todas las etapas: desde el “no, no, no” hasta el “bueno, ya”. Me acuerdo que un día, algo cansado por mi aún conservadora resistencia a repetir lo de aquella noche junto al río, me dijiste sin pausas, de corrido:
- Hacer el amor debe ser un acto libre y pleno. Sin reglas ni límites; sin papeles que lo autoricen o que lo hagan más o menos legal y moral. Por eso te digo let it be. Yo te deseo y tú me deseas, lo demás es peanuts.
Como buen actor, cuando hablas eres muy convincente. Por eso tu mudez me tranquiliza y me libera.
Así fue como acepté ser la otra, sabiendo que para la mujer legal y oficial yo simplemente sería la puta.
De noche te soñaba, pero de día te tenía, aunque tú sólo me poseías. Te bastaba un gesto mínimo, un hola e igual como aquella noche en la carpa, tú sólo me apretabas, me apretabas, me apretabas y entonces yo me sentía amada, escogida, única y deseada.
Repentinamente empezaste a hablar de amistad, de que éramos una buena “yunta”. Y sin mediar más preámbulo me hiciste partícipe de tus nuevas conquistas.
Y de nuevo yo quería ser todas, menos yo.
Hoy todo está oscuro y yo recorro calles estrechas, con luces oscuras como el vinagre. Bajo una luna que sacude sus cachos con soberbia, frialdad y distancia te veo pasar y pienso que eres igual de displicente que esta luna de luces avinagradas. Te observo con desdén mientras te veo anclado bajo los faroles de esta luz densa, espesa y contundente.
Eres un actor momificado: no puedes hablar ni moverte. Entonces me atrevo y te grito:
- ¡¿Qué hago con mis ganas cuando tú no estás?! ¡¿Cómo me transformo en una amiga después de ser tu mejor amante?!
Pero como estás mudo, apenas puedes encogerte de hombros. Te vuelvo a gritar:
- ¡¿Cómo juego a que no me importa, si siento un frío eterno que me atraviesa entera toda la carne?!
Agitada empiezo a caminar en círculos alrededor de la cama. Una y otra vez voy estrechando los círculos a tu alrededor. Te tengo atrapado y aún así sé que no estás conmigo: no me miras. Me detengo y te miro: te obligo a devolverme tus ojos claros y almendrados y me sonríes. Te ves tan real.
- Adriana, ¿te pasa algo?- apoyado contra la puerta (mi puerta), luces cansado y ojeroso. Sé que has estado trabajando. Pregunto:
- ¿De cuántos círculos de amor has escapado?
- ¿Amor, de qué estás hablando? Adriana, estoy agotado, pasé por aquí…
- Porque pasaste, eso, porque pasaste- te interrumpo.
- Estás rara, como si estuvieras dentro de una burbuja- dices entre nervioso e intrigado. Pero yo sé que estás hablando por hablar.
- ¿Una burbuja? Puede ser, porque las burbujas igual que los círculos, se rompen. Nos quebramos. Se nos desdibuja el horizonte infinito de la vida.
- Adriana, yo…
- ¡Cállate! Tú estás mudo. Ya destruiste esa vida que nos hacía estar juntos por elección y ahora estoy llena de vacío.
- Me voy.
No tengo fuerzas para llamarte. Me levanto y miro por la ventana que da al río. Y sumergida en su reflejo gris recuerdo que ya no quieres saber cuánto y cómo te quiero. Recuerdo otra de tus frases célebres: es más fácil amar que ser amado. No me sirve: ya no la entiendo. Y mientras espero comprender, ¿qué hago, cómo le explico a mi alma, a mi cuerpo: sí, a este mismo cuerpo que tú descubriste, al que domaste y amaestraste? ¿Cómo hago para no amar, amando?
Junto a la fogata, evoco cómo empezamos a escogernos y cómo también inmersos en el plomo universo de la vida nos vemos separados por una extraña luz: esa, la de todos los días. El ruido de la lluvia me hipnotiza y en el teléfono escucho tu sentencia: me voy, me caso con otra. Tu voz es ronca y aguardentosa. Me quedo ensimismada, pensando en la mujer-madre o madre-mujer (no sé qué es primero): la oficial. Aquella cuya única gracia, por sobre todas nosotras, (las putas, como ella seguro diría), era haberte visto primero. Llegó antes, pero eso no fue garantía de nada porque te puedo ver cerrando los ojos, acariciándola, tratando de imaginar que ella es la otra a quien has dejado hace un par de horas quizás, porque esa, la otra, es la que está de moda por el momento en tu vida.
De pronto siento los mismos rayos de sol de tantos amaneceres robados a ella. Atraviesan un prisma y se descomponen en mi rostro sombras coloreadas en blanco y negro.
Estoy afuera, ya dejó de llover y el río ya no está gris. Entremedio de sus reflejos cristalinos vuelvo a ver tus ojeras, tan profundas, y entonces tiemblo y caigo y, por fin, muero.
