Un momento
Hoy quedé muy triste, profundamente. Me dio mucha pena esa imagen pisoteada de esa primera vez maloliente a cambio de ser vista. Me dio mucha angustia la angustia de la María Luisa (1): verla ahogada en alcohol para ahogar su monólogo, porque no la vieron (al menos no como ella quería). Tuve muchas ganas de ovillarme y apagar la mente y el alma… también quise la página limpia para botar mi monólogo. El que empezó desde que tengo memoria, en un archivador verde con poesías y rayas de cabra chica y que mi mamá botó a la basura en algún cambio de casa. A nadie le importó. Me dio tanta pena cuando vi que el camión se iba, vacío: ya no quedaba ninguna opción de encontrar ese archivador. Tenía 18 años y “come on, get over it”… right, over it. Atropellada: all over me.
Esta pena que tengo es de esas que duelen adentro, tan adentro, que uno cree que se va a partir en dos. Y me rebelo a quedarme adolorida: la imagen de “pobrecita yo” me rebela, me dan ganas de remecerme, de… eso, de remecerme.
Me siento enjaulada, prisionera pero a pesar de eso, lo prefiero a la sensación de “tener-el-mundo-por-delante-para-hacer-lo-que-quiera”. Lo que quiero, suele ser erróneo, hiriendo a personas que me importan. Por eso me enojo contigo, porque abres ventanas y entra luz y calor e imágenes… como volver a recordar al oler un perfume o escuchar una canción. Como volver a soñar… No sé qué de bueno tiene eso. Todo el tiempo me siento en una cuerda floja. Por último, ¿de qué me sirve para dejar de ser borderline?
Quiero irme a cualquier parte y apagar la chicharra. De todos. Tengo rabia, pena, más rabia, soledad, miedo, más rabia, preguntas, nostalgia, más rabia… y más pena. Me imagino que todo este comportamiento corresponde a la descripción de persona-cacho-limítrofe.
Estoy enojada por tener que escribir estas palabras y poder sólo mandárselas al terapeuta de turno, que no tiene ninguna obligación conmigo. No sé de qué sirve esta terapia… yo quiero gritar de la rabia y el enojo y la pena que siento y si lo hago nadie me entendería.
No sé para qué seguir esforzándome si al final del día soy una enferma. Siempre. Y aunque me den de alta, voy a ser una recuperada que siempre puede recaer.
Estoy agobiada con el día de hoy… la cabeza me zumba, estoy llena de palabras y por eso me siento y vomito en este teclado. Nadie me escucha, nadie entiende nada, todos quieren entender lo que les interesa, lo que les atañe, lo que les importa… he escuchado a tanta gente, me he puesto en los zapatos de tanta gente, he entendido tanto y siento que me han entendido… ¿quién me ha entendido? ¿Ellos? ¿Los “profesionales” de esto? ¿Y dónde están mis oídos en los oídos de los demás, quién se ha puesto en mis zapatos, quién ha tratado de entenderme? ¿A quién le digo abrázame fuerte y no preguntes nada?
Y la culpa, estoy llena de culpas… hoy en la mañana él se fue y yo quedé sintiéndome culpable por no haber enganchado como él quería, me llama y no le digo mucho y cortamos y me siento culpable y me vuelve a llamar y soy amable, me pongo en sus zapatos y se relaja, me vuelve a llamar e intento hablar y cuando empiezo, me para, no me quiere escuchar a mí… y voy a buscar a los niños y tengo que preguntar cómo estuvo la prueba y poner caras, y estar feliz y decir oh! y ah! con alegría… y tengo que darle besitos a mi niño pequeño y retarlo porque quiere bajar la ventana y tengo que manejar y comprar papel confort (quedan dos rollos señora) y lo único que quiero es pararme en la mitad de cualquier parte y gritar, gritar largo, muy largo, mucho rato y no aguantar miradas, ni preguntas, ni tener que dar explicaciones…
Quiero dejar de pensar, quiero dejar de sentirme que soy rara, quiero silencio, quiero paz… estoy tan cansada…
Ya no puedo escribir más, estoy bañada en lágrimas, se resbalan, no se detienen en ninguna parte, me mojan las manos y las teclas, ¿cuántos “????” han derramado mis ojos…? Sí, claro, me liberan pero me ahogan, como mi vida… Es difícil terminar una vida y empezar otra… esta muerte es muy dura y yo no estoy preparada, soy débil, estoy cansada, tengo tantos miedos y estoy tan sola.
Otro momento: De parte de la niñita monstruo
Hoy te volví a ver, aunque esta vez te ví distinta, como si tuvieras vida propia, ya desligada de la mía. Salvo en una foto, en todas las demás sales seria, muy seria: niñita monstruo dijo el terapeuta de turno. Y tú ahí, ordenadita, agradando, callando… ¿qué callabas? La soledad, los largos ratos vacíos, los gritos, las peleas, la injusticia, los secretos que no debiste haber escuchado ni sabido.
¿Dónde estarán todas esas palabras que poblaban tus escritos? Trato de recordarlas y no puedo. Te pido perdón por no haber sabido guardarlas. Te pido perdón por haberte tenido arrinconada todos estos años. Me da vergüenza mirarte a los ojos, porque sé (sí, lo sé) de tus dolores y de tus interrogantes. Pero más que nada sé que tenías miedo a vivir. Y a que te vieran. Así fue como nos empezamos a distanciar: te traté como la niñita monstruo que eras, no te di espacio ni siquiera para llorar. La que sí pudo llorar fue la adolescente que continuó tu ruta. No recuerdo haberte visto llorar de niña, pero sí de chiquilla.
El trago, tanto alcohol siempre dando vuelta. Y la casa con gente, tú sirviendo platitos de papas fritas, correcta, muy correcta. La niña modelo, la niña ideal, la niña que su papá le clavaba la mirada y ella quedaba hundida en el suelo, incapaz de pensar. Tú escondida debajo de la cama, con las manos en los oídos cantando en un susurro para no escuchar los insultos y los gruñidos.
Nenita te decían. Encontrabas que tu nombre, tu pelo, tu cuerpo, tu colegio, tu mamá… que todo era raro, que no eran para ser vistos ni compartidos. Y ellos, repetían Nenita. Y el terapeuta habla de la niñita monstruo.
La llegada de tu hermana fue un trastorno: la noche que nació estabas muy nerviosa, con esa tía gritona, alta y flaca, pero que te quería bien. Ella se reía; tú te consumías de curiosidad. Y cuando tu mamá volvió de la clínica, fueron sus labios rojos, muy rojos y su cara blanca muy blanca las que te dejaron inmóvil, asustada, llena de preguntas que nunca hiciste. ¡Como me gustaría saber qué querías saber y responderte, aunque sea tantos años después! Perdóname, Nenita, para mí nunca serás la niñita monstruo.
Te fascinaba ver las fotos del día del matrimonio de tus padres: te introducías en esas imágenes en blanco y negro que acallaban la violencia y te permitían soñar en que sí había amor, complicidad, compañía. Lo que tú tanto anhelabas, ¿cierto? ¿Qué más querías? Que te hicieran cariño, ¿cierto? Como cuando tu papá pasaba su mano grande y suave por tu pelo, mientras veían tele, te sentías tan segura y protegida. Pero cuando llegaba tu mamá, el nudo, siempre el nudo en el estómago, el miedo. Borrarte.
Bueno, ¿sabes? Yo he hecho eso todos estos años: borrarte, dejarte anclada en el pasado, incapacitada, muda. Pero hoy al volver a verte después de tantos años me doy cuenta que yo no puedo ser tan injusta… y entonces cedo al terapeuta de turno y te miro, te pido perdón, te saludo, te recuerdo, pero más que nada, te quiero.
Memoria: Esta es la peor parte. Aquí es donde pierdo el control… y sufro TODO.
Nenita, me gustaría tanto decirte que NADA fue tu culpa, pero las dos sabemos que en vez de hacer algo te volviste mala, resentida, llenándote la boca de comida como dice el terapeuta. ODIO que diga eso y yo sé que tú también. Tanto tiempo sola y callada, mirando, devorando el mundo al tiempo que sentías que en vez de ingresar al mundo, éste te vomitaba de vuelta.
Sin embargo, te tengo que decir que ambas debemos asumir la culpa por tener la vida que hemos tenido, no podemos refugiarnos en “el rollo.” Somos culpables de haber sido una mala niña, con instintos bajos y mezquinos, mentirosas, tratando de ser alguien distinta para calzar y por lo tanto siendo muy poco auténtica. Sé que la presencia del sicólogo te incomoda, porque sientes que no es justo embarcarte en esta “caza de brujas” de la cual no eres responsable. Pero sí lo eres: nunca hiciste nada, te importó más vivir la vida like everybody else does, en vez de haber levantado la voz, haber hecho algo. Y te armaste con puras bajezas para descargar tu frustración… hasta ahora en que nos han obligado a salir a dar la cara por nuestras miserias.
Un tercer momento: About being born & growing up
Ahora sí, aquí van los primeros 20 años:
Tac, tac, tac, tac, tac…
Ese es el ruido interior; afuera hay pena y pelea.
Nadie conversa conmigo.
Soy un estorbo: la obligo a estar tres o cuatro meses en cama; nos abandona el marido y el padre; le causo mucho dolor físico el día que por fin me atrevo a decir, aquí estoy.
Es verano, la pieza es enana, hace mucho calor, viene tanta gente. Ella tiene muchos dolores; su lengua, castiga al marido y al padre; su ser, me castiga por su dolor.
Una de las enfermeras que participó en la cesárea le dice, “usted ha sufrido mucho, le hacía falta una hija”. Ella asiente, le gusta que reconozcan su dolor. Mis ojos son grandes e inquisitivos, lo único que ella rescata en el futuro al referirme la historia.
Ya instaladas en el departamento soy objeto de su aprendizaje torpe, enojado, lento, doloroso, solitario y pobre: quiere enfermera, pero el marido y el padre no puede pagarla.
Duermo sola. Desde el inicio. Nada de chiquillas mal enseñadas, sentencia ella.
Aparece mi abuela: en un canasto me sube al Land Rover y paseamos por Santiago. Me quiere; me gusta.
Tengo una amiga imaginaria, la convido a almorzar, a tomar té. Ellos entran y salen; los miro y no como nada. Literalmente. No hay forma de hacerme comer. El Doctor se preocupa: esta niña está con muy bajo peso, Señora. Me diagnostican displasia a las caderas. Hoy común, entonces más bien desconocido. Ella llora; él no sabe qué hacer. ¿Por quién llora ella? ¿El no sabe qué hacer por quién? Las primeras preguntas.
Un par de meses antes de cumplir 4 años, nace mi hermana. No entiendo mucho. Siento curiosidad.
Cuando llegan a la casa sólo recuerdo su mirada distante, su piel blanca y sus labios rojos. De la recién nacida, nada. Me cuentan que me pillan con unas tijeras en la mano para enterrárselas a la guagua. Me castigan. Entro al colegio. Los llaman del colegio: no sé por qué, pero me evalúa la psicóloga. Me cuentan que un día el jardinero me pilla intentando colgarme con una corbata desde un fierro. ¿Suicidarme?, pregunto incrédula (¡tengo apenas 4 años!), claro, obvio, responden livianos. Mi gran consuelo: mi abuela. Caminamos mucho por las calles frescas de su ciudad y hablamos, mucho, mucho.
Empiezo a subir de peso.
Sigo creciendo en medio de los gritos, las peleas, mucho llanto, insultos, empujones. Violencia. Ya me doy cuenta que yo soy yo, que soy lo único que tengo. Tengo mi amiga del colegio; me obsesiono con ella. Siento celos de todos. Me siento tan diferente a los todos: tengo el pelo negro, soy gorda, no tengo plata, no viajo, no tengo cosas importadas. Mi abuela me cuenta sobre haberlo tenido todo y haberlo perdido todo. Me enseña; yo aprendo.
Sigo subiendo de peso. Me llevan a los doctores, a muchos, hablan ella y el doctor de turno como si yo no estuviera presente. ¿Mi futuro? Lechugas, lechugas, y más lechugas: ME CARGA LA LECHUGA, me digo callada mientras me ducho en las mañanas y me corren las lágrimas, QUIERO COMER PAN, MUCHO PAN Y TALLARINES, concluyo callada mientras me ducho en las mañanas y me corren las lágrimas. Esto se repite hasta el cansancio por muchos años. Las dietas las hago en la mesa; me vengo en la cocina: me como el pan y asalto cualquier olla que se me ponga por delante… ¿Cómo nadie se da cuenta? LA segunda pregunta.
Mi abuela trata de que baje de peso con terapias alternativas: natación, yoga, masticar 150 veces cada pedazo de comida, tomar mucha agua, no comer a deshoras, qué sé yo. Pero nos instalamos en las tardes a comer panqueques con todo lo que pillamos por delante y nos reímos y somos felices.
Todos quieren que adelgace; todos se sienten con el derecho a exigírmelo. Me llenan de opiniones y recomendaciones que NUNCA pedí.
Estoy llena de miedos, de soledades, de inseguridades. A mis amigas, les invento pretendientes, amigos, anécdotas… me doy cuenta que no me creen pero sigo mintiendo. Me enamoro por primera vez. El no me ve como yo quiero que me vea; soy su mejor amiga y me conformo. Dejo de inventar. Salgo del colegio con mucho miedo. Entro a la universidad pero duro un semestre: no nací para sumadora.
Me voy de la casa por primera vez: la increpo, le restriego años de abandono, de violencia, de embriaguez, de insultos, de falta de respeto… y ella sólo me increpa que dejé de estudiar algún optativo en el colegio y no le avisé. ¿Y mi alegato, no lo escuchó? Tercera pregunta.
Me voy donde mis abuelos. Me reciben, me abrazan, no preguntan nada y me quieren mucho. Un par de meses después, me vuelvo a mi ciudad y me voy a vivir a la casa de una tía y entro a estudiar lo que quiero. Trabajo para pagar mis estudios.
Que latero esto de mi quejumbre… mi vergüenza sólo aumenta.
La semana pasada fui a ver Madame Butterfly y la presentación terminó con la Cho Chio San enterrándose la daga, hincada sobre un paño cuadrado blanco; a la altura del corte ella despliega un abanico rojo, semejando sangre y en un movimiento casi imperceptible los cuatro japoneses que sostenían los extremos del paño blanco lo tiran y ella queda en medio de un paño rojo, cae y la orquesta termina. Así me siento. El problema es que estoy viva y no muerta, tengo que seguir y no quiero.
El momento cuatro: Mi hermana
Siempre es lo mismo: dolor y rabia. No logro separarla de esas dos sensaciones. Nunca he entendido lo que es tener hermanas, las tengo pero no las tengo. Las quiero pero no las quiero porque no me quieren. Y eso me da rabia: ¿qué importa que no me quieran? Ella me robó a mi mamá. Mi mamá fue mala conmigo, me dejó botada. Por eso el dolor. También, por eso, la rabia.
Era flaca, habladora, amada. Era gorda, callada, despreciada. Son dos distintas, muy distintas.
La quiero. Siempre. No sé qué es lo que hace que hagamos cortocircuito. Por eso, también el dolor y la rabia. Me ha hecho falta una hermana, pero a estas alturas, son tantas las personas que me han hecho falta.
Tecleo con tanta pena: la Nenita me mira desde su rincón, con ojos implacables, como queriendo decirme que no está bien, que igual somos hermanas. Sin mirarla me gustaría responderle, eres buena, yo no. Siempre mala, muy mala. In-adecuada. Des-ubicada. Unfit. Des-proporcionada.
La ley de la vida nos hizo hermanas; la vida de nuestras vidas nos hizo difíciles. Atormentadas. Sí, ambas somos atormentadas. Mi mamá la perseguía con una escoba, ella murmuraba por lo bajo, bruja. Yo miraba. Algunas veces me golpeó a mí por ella: tú eres la mayor, ¿en qué estabas? Siendo niña, me sopla la Nenita, pero no me atrevo a decirlo; nunca fuimos niña a secas: siempre fuimos “la mayor”.
Cargas, las cargas de vivir. De mal-vivir. Nenita, no hemos vivido bien; nos hemos des-vivido la una a la otra, quedándonos sin vida. Añorando lo que no hay, ni hubo.
Cuesta sacarse las capas de esta vida des-vivida. De esta vida en que nos hemos desvivido por vivir. Y sólo lo hemos hecho a medias. Hay una vida que enterrar. Y la frase siguiente debiera ser algo así como: para poder empezar a vivir y dejar de des-vivir. Pero la Nenita me mira y yo la miro de vuelta. Y las dos sabemos.
CONTINUARÁ…
